Sólo la música que me gusta, me llega, me parece necesaria. Toda esa música que, con frecuencia, los medios se empeñan en impedir que escuchemos.

sábado, 11 de agosto de 2007

Silvio, único (I)




No sé precisar con exactitud cuándo, pero fue en la segunda mitad de los 70 cuando alguien me habló en términos muy elogiosos de Silvio Rodríguez y se ofreció a grabarme una cinta con una recopilación de sus temas. Fue un deslumbramiento. Nunca había oído a nadie ni parecido.

Durante meses aquellas canciones fueron el leitmotiv de muchos de mis momentos de ocio y la voz, la guitarra y las letras de Silvio se me hicieron extraordinariamente familiares. Luego, sus discos me han acompañado muy a menudo. Unos me gustaron más, otros menos, alguno nada, tal vez porque yo le había situado a tal altura (o él la había alcanzado) que no era fácilmente repetible la intensidad y la originalidad de ciertas cimas.

No por ello ha dejado de ser extraordinario. Aquí y allá, en sus discos más recientes, surge la chispa de la genialidad, el brillo de la metáfora, la verdad imprescindible en la expresión. Y aún hoy, cuando tantos han tratado de emularle, sigue siendo único, inimitable, magistral.

Por eso inicio hoy este pequeño homenaje a lo largo del cual irán apareciendo algunas de las canciones emblemáticas del cantautor cubano que revolucionó la canción de autor. Lamentablemente sólo estarán aquí, de entre todas las que me gustan, aquellas cuyos vídeos están en Youtube y tienen una imagen y un sonido aceptables.

La que hoy suena tiene por título "La familia, la propiedad privada y el amor", acaso más propio para una ensayo sociológico, pero adecuado para situar en su marco real esta historia de amor imposible por razones ajenas a los sentimientos de sus protagonistas.

El derrumbe de un sueño,
algo hallado pasando
resultabas ser tú.
Una esponja sin dueño,
un silbido buscando
resultaba ser yo

Cuando se hallan dos balas
sobre un campo de guerra
algo debe ocurrir
que prediga el amor.
De cabeza hacia el suelo
una nube vendrá
o estampidas de tiempo
los ojos tendrán.

Fue preciso algo siempre
y no fue porque tú
tenías lazos blancos en la piel.
Tú tenías precio puesto desde ayer
Tú valías cuatro cuños de la ley
Tú, sentada sobre el miedo
de correr

Una buena muchacha
de casa decente no puede salir.
¿Qué diría la gente
el domingo en la misa
si saben de ti?
¿Qué dirían los amigos,
los viejos vecinos
que vienen aquí?
¿Qué dirían las ventanas,
tu madre y su hermana
y todos los siglos
de colonialismo español
que no en balde
te han hecho cobarde?
¿Qué diría Dios
si amas sin la Iglesia
y sin la ley?
Dios, a quien ya te entregaste en comunión
Dios, que hace eternas las almas de los niños
que destrozarán las bombas y el napalm.

El derrumbe de un sueño,
algo hallado pasando
resultaba ser yo.
Una esponja sin dueño,
un silbido buscando
resultabas ser tú.

Busca amor con anillos
y papeles firmados
y cuando dejes de amar
ten presentes los hijos,
no dejes tu esposo
ni una buena casa
y si no se resisten,
serruchen los bienes
que tienes derecho también
porque tú
tenías lazos blancos en la piel.
Tú tenías precio puesto desde ayer
Tú valías cuatro cuños de la ley
Tú, sentada sobre el miedo
de correr.