Sólo la música que me gusta, me llega, me parece necesaria. Toda esa música que, con frecuencia, los medios se empeñan en impedir que escuchemos.

miércoles, 26 de febrero de 2014

Paco de Lucia: Del flamenco al Olimpo




Siempre he pensado que el mejor homenaje que se puede hacer a un músico, tanto en vida como después de su muerte, es escucharlo, disfrutar de su talento y creatividad, sentir con él. Eso es lo que hoy hago y propongo, tras conocer la muerte de Paco de Lucía. Tanto en España como en todo el mundo, la magia de su guitarra, su biografía y su carrera no necesitan ser extensamente glosados ni ensalzados.



Paco (Sánchez Gómez) de Lucía no es sólo una figura única en su género dentro de la guitarra flamenca, que nunca dejó de cultivar, sino de la guitarra y de la música sin apellidos. Su figura, en cualquier caso, sería inexplicable y más excepcional de lo que es, si previamente no hubieran existido guitarristas como Sabicas, Niño Ricardo, Andrés Segovia o Narciso Yepes. Y mezclo aquí deliberadamente flamenco y música clásica porque lo popular y lo culto nunca han andado muy lejos cuando de arte se trata.



La mejor prueba de esa proximidad y parentesco incuestionable se da en la época romántica, cuando los compositores cultos se vuelven hacia el sustrato musical tradicional de sus propios países y crean a partir de él obras con una carga de energía, emotividad y singularidad muy notable. En España surgen creadores como Falla, Albéniz, Granados, Turina o Rodrigo, a los que rindieron tributo no sólo intérpretes clásicos, como los aludidos Segovia y Yepes, sino también guitarristas nacidos del flamenco como el propio Paco de Lucía.


Nadie construye en el aire. El genio y la inspiración de Paco de Lucía tienen raices muy sólidas, no sólo en la guitarra flamenca, ya innovadora, de Niño Ricardo, o el magisterio clásico-popular del genial Francisco de Tárrega, compositor y virtuoso ejecutante de la guitarra. Está también esa poderosa vena clásica-nacional ya aludida, composiciones que han sido y son interpretadas en todo el mundo sin complejo alguno y con mucho éxito.


Y, por supuesto, está la genialidad de ese músico ‘antidivo’, modesto, interior, que hoy se nos ha ido. Siempre atento y permeable a todo tipo de música, él ha marcado una cota muy elevada en la música española y en la individuación y exaltación de un instrumento que nació plebeyo y al que el talento combinado de plebeyos y cultos ha situado en el Olimpo: "...Un Polifemo de oro: ¡La guitarra", como escribió Lorca.