Sólo la música que me gusta, me llega, me parece necesaria. Toda esa música que, con frecuencia, los medios se empeñan en impedir que escuchemos.

sábado, 22 de febrero de 2014

Machado y nosotros, en el 75 aniversario de su muerte




Caminante, son tus huellas
el camino y nada más.
Caminante, no hay camino.
Se hace camino al andar.

Se cumplen hoy 75 años de la muerte de Antonio Machado en la localidad francesa de Colliure, tan cerca y tan lejos de España, agotado por el dolor de la huída, vacío de esperanza. No es ocioso ni gratuito hablar aquí de uno de los poetas más conocidos entre cuantos sufrieron la desgarradura terrible de la guerra civil y encontraron en ella la muerte (García Lorca) o vivieron un exilio lacerante (ambas cosas en el caso de Machado).

Los poemas de “Don Antonio”, como tantos le conocían, sin que fuera preciso citar su apellido, tienen un papel fundamental – junto con los de Miguel Hernández – en el nacimiento y desarrollo de la canción de autor española, surgida en gran medida para contestar la dictadura franquista y reivindicar la memoria de los escritores republicanos, barrida de los manuales de Literatura y larga y forzadamente ignorada por las editoriales.

Cuando, en 1969, Joan Manuel Serrat publica su disco ‘Dedicado a Antonio Machado, poeta’ no sólo ha tenido que luchar previamente, a brazo partido, con su discográfica, que cree que será un fracaso, sino que está vetado en las emisoras de radio y en TVE (entonces la ‘teleúnica’) como consecuencia de la enardecida polémica creada en 1968 por su decisión de cantar en catalán en Eurovisión (bajo la presión catalanista) el nunca bien ponderado ‘La, la, la’.



Contra todo pronóstico, pero también contra viento y marea, pues al veto mediático del franquismo se une la falta de contratos para actuaciones en España, el disco sobre Machado es un enorme éxito de ventas (uno de los más vendidos entre los suyos, según confesión del cantautor). Lamentablemente será imposible, durante varios años, asistir a su interpretación en directo en España. Serrat parte a Latinoamérica y logra allí, en actuaciones ante un público masivo, el éxito extraordinario que en España le está vetado.




Sería injusto ignorar que antes de que lo hiciera Serrat los versos de Machado habían sido musicados por Alberto Cortez. Y también sería inútil, ya que dos de los doce temas del disco del catalán (‘Retrato’ y ‘Las moscas’) están firmados por el hispano-argentino. Él fue también quien nos dio a conocer las hondas y bellas canciones del cantautor y folklorista Atahualpa Yupanqui, compatriota suyo, ignorado aquí (si exceptuamos alguna versión hortera de ‘Los ejes de mi carreta’) por su militancia comunista, y muy reconocido ya en Francia en aquellos años. Iniciativa impagable.

Son muchos los intérpretes que, con las versiones de Serrat y Cortez o con las suyas propias, han rendido tributo al poeta a lo largo de los años, con mayor o menor difusión y fortuna (más bien menor, dada la calidad y éxito de los predecesores). Uno de ellos es el que suscribe – perdón por hablar de mí por primera y última vez en este blog. Se da la circunstancia de que ya a los 16 o 17 años (1963 o 1964), antes de que lo hiciera Serrat o cualquier otro, que yo sepa, puse música a algunas de las estrofas de ‘Proverbios y cantares’; concretamente a las numeradas IV, VI, XXIX y XLIV (no cantadas en este orden, pero no recuerdo en cuál).

Esa fue mi primera aproximación musical, cómoda y sencilla, a los poemas de Machado. Pero pasaron más de treinta años antes de que pudiera cumplir mi ‘gran ambición’: músicar ‘Yo voy soñando caminos’. Lo había intentado muchas veces y siempre me encontraba con la dificultad que suponía la transición a la parte entrecomillada (“En el corazón tenía…” y “Aguda espina dorada…”). No encontraba una ‘solución’ que sonase natural y coherente con el clímax y el sentido del poema.  Finalmente lo encontré en la ‘jonda’ petenera flamenca. Aquí está el resultado:    .



Mi última aproximación a la memoria ineludible de Machado no es musical, sino poética. Ya había escrito un par de poemas sobre su figura, pero fueron  intentos fallidos, insatisfactorios. En Machado hay que entrar ‘desde dentro’ – valga la paradoja-, desde el interior de su vida y de su obra. Es ahí donde resplandece su verdad conmovedora. Este poema, escrito hace cinco años y que sospecho que seguirá 'haciéndose' mientras no sea publicado canónicamente, es un intento, tal vez pretencioso, de ‘interpretar’ al poeta imaginando las vivencias, sentimientos y pensamientos que experimentó en sus últimas horas de vida.

Último crepúsculo en Colliure

“…me encontraréis a bordo, ligero de equipaje,
casi desnudo, como los hijos de la mar”.
Antonio Machado, ‘Retrato’

Muere la tarde a mi espalda y en la arena
se alarga mi sombra
                                    como un árbol
desmochado y lúgubre en un páramo.
El mar, como la vida, se oscurece
hasta tornarse una masa de alquitrán,
                                                                  viscosa.
Ni siquiera el piélago canta su rumor cuando
cae la noche, tan triste, de febrero.
Silente, como todos los vencidos
que en el éxodo amargo me acompañan,
ya ni el mar parece mar.
                                          Como yo mismo, se diría
que ha sido tocado por la muerte.

Exhausto y enfermo, vencido hasta el alma,
a esta playa he venido a extender la mirada
mas abruptamente la noche
                                                 desciende                                     
y no hay salida, ni luz, ni horizonte.
Siento que, desde los tuétanos,
un frío insufrible me agarrota.
Es la muerte, sin duda, que avanza
arrollándome la sangre
como un helado cuchillo
nacido de este dolor mío
                                            insoportable.
Esta muerte me acompaña
a lo largo del camino,
                                      en la derrota simultánea
de la vida y de la guerra.
Desde Madrid a Valencia,
de Valencia a Barcelona,
oí rugir los aviones
como heraldos precursores
de una aurora sin mañana,
orlada de miles de cadáveres.
Mientras mi muerte se unía a todas las muertes
en cada nuevo golpe de otra España,
                                                                  contra toda evidencia
quise cantar la esperanza
pero ya mi voz no era mi voz
ni mi alma era mi alma
ni mi patria era mi patria.

Cuando Caín mata a Abel
por enésima vez, una acerada
quijada rompe la canción,
seca su fuente, agosta las palabras.
Todo se agolpa en la mente
y se torna incoherente
                                       balbuceo
cada intento de discurso.

Sólo el grito, uno infinito y terrible,
es posible cuando cierra la noche
y todo es rabia y temor,                            
                                         todo negrura
y silencio al sur de donde me hallo
más solo que nunca y más cansado.

De espaldas al Poniente en esta noche,
ante un mar opaco que una pared
                                                           semeja.                                       
quisiera creer que, de vuelta a mi cuarto,
hallaré la fuerza y la confianza
para reencontrar mi voz
                                          y escribir
un último canto, pese a todo, de esperanza,
mas me aguardan desvelados, sin quejas,
                                                                          los ojos, tan fijos,
de mi madre anciana, que parecen
pedir explicación de tanto quebranto
                                                                y mudanza,
y otra noche se me negará el sueño
que tanto preciso sin que mi voz
                                                         regrese.

Entre tanto dolor desesperado
aguardaré la muerte, pues. Tan solo eso.
Para mí el camino ha terminado.